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REFLEXIONES: MINERÍA Y ESTRATEGIA

Por: Aarón Morales, profesor principal de la Facultad de Ingeniería Geológica, Minera y Metalúrgica de la Universidad Nacional de Ingeniería y consultor de Gerencia.


 “La minería es una actividad de costos crecientes” (Mario Samamé Boggio, 1955).

“En una situación de precios bajos elevar el volumen de extracción” (Mario Samamé Boggio, 1955).

 “La minería explota recursos agotables” (sabiduría popular). 


La actividad minera está siendo sometida a un examen cada vez más complicado, ya no le es posible resolver los conflictos con los Llapan Atic de la Guardia Republicana o con la intervención de fiscales y jueces ad hoc, como antaño, o con mesas de diálogo (que solo son una pérdida de tiempo), porque la real causa de estos (los conflictos) es que la estrategia sobre la que se asienta la actividad minera, la minería por la minería misma (entendible en la Colonia), hace mucho tiempo que perdió su vigencia. Ya es hora que los responsables (gobierno, empresas, organizaciones comunales y demás reclamantes) entiendan la urgencia de una nueva teoría de acuerdo a los tiempos. De continuarse así, la cosa irá en peor.

Se pretende “solucionar” los conflictos comprando paz, pero el dinero es una droga, y como toda droga requiere cada vez mayores dosis para mantener el efecto —como se está comprobando en la práctica—. Pero, se insiste con esa estrategia que ya no resulta, una forma de locura derivada de no entender aún que la raíz es una estrategia desde hace mucho obsoleta.

La sola extracción de los llamados recursos naturales responde a una ley de rendimientos decrecientes, muy visible en el sector minero: los minerales se extraen de lugares cada vez menos accesibles, contenidos en espacios cada vez más pobres y en asociaciones mineralógicas cada vez más refractarias. Como consecuencia, márgenes decrecientes, y si se añade al panorama la volatilidad de precios y con tendencia a la baja (característico de los commodities) se conviene que la minería permanece solo porque alguien está absorbiendo las diferencias, en nuestro caso, los tres reclamantes más flexibles: el Estado, los trabajadores y el medio ambiente. 

El Estado cargará cada vez con más gastos para mantener la actividad, los trabajadores verán disminuida aceleradamente su intelectualidad (trabajo repetitivo embrutecedor) y, por consiguiente, el valor real de sus salarios y, el medio ambiente, sufrirá un creciente deterioro debido a la cada vez mayor presión sobre los volúmenes de extracción. Ninguno de los tres cargos figura en los estados financieros oficiales.

Así, para mantenerse “vigente” (presionados por el complejo de ser país minero), la minería se ve obligada a operar a volúmenes cada vez mayores. Bajo esa lógica, una situación de precios altos (como la actual) se aprovecha para extraer minerales más pobres, menos accesibles y más refractarios, y se pierde la oportunidad de incrementar los ingresos netos. Así, los ahorros se siguen consumiendo en una especie de quimera.

Los márgenes generados –especialmente en los tiempos de “buenos” precios– se invierten en importar maquinaria, equipo y tecnología (conocimiento), para mantener o incrementar volúmenes; las divisas ganadas servirán, ergo, para generar trabajo en diseño, construcción, ingeniería financiera, etc., que no se realiza en el Perú, conocimientos que se habrán creado en el exterior debido a la existencia de minerales en nuestro territorio. Los peruanos estamos ajenos a esos niveles de conocimiento, por consiguiente, los recursos del suelo peruano no pertenecen al Perú.

Bajo la filosofía del volumen, si los precios empeoran, perdemos; si mejoran, perdemos más, porque la exigencia de incrementar volúmenes será mayor.

¿Qué hacer, pues, para que la existencia de minerales en el territorio peruano sea realmente útil a la sociedad peruana?

Una empresa minera peruana, que llamaremos Empresa A, está levantando 650 millones de dólares para aplicarlos al incremento del volumen de sus operaciones. Otra, que llamaremos Empresa B, en la que el accionista principal es un consorcio extranjero que opera refinerías de plomo, cobre y zinc y otros relacionados con la transformación de metales, está llevando a cabo inversiones, por casi las mismas cifras, para lo mismo, incrementar los volúmenes de sus diferentes operaciones mineras en el Perú. Ambas empresas, A y B, utilizan aparentemente la misma estrategia, pero son realidades muy disímiles. 

Probablemente la estrategia de volumen para la empresa B sea la adecuada porque la extracción no es el negocio en que está, pero la A solo extrae minerales y sus utilidades provienen únicamente de esas transacciones. ¿Tiene sentido sacrificar sus ahorros solo para mantener la tradición de ser un “importante” extractor de minerales y ayudar a sostener, a su vez, el sonsonete de ser un primer, segundo o tercer “productor” mundial de tal o cual metal? ¿Debería ser obligatoriamente la minería de extracción el destino final de la empresa A? Para ambas interrogantes la respuesta sería no, y, la sugerencia es que A debería plantear una estrategia diferente a la que maneja en la actualidad, como la siguiente:

“A partir de la extracción desarrollar negocios que la libren de la dependencia de los precios”.

Es decir, todos obligados a revisar el pensamiento tradicional.

Con el cambio de estrategia, ¿cambia la rentabilidad de A? ¿Adquirirán más estabilidad las recaudaciones del Estado? ¿Cuánto menos se degradará la biósfera? ¿Se creará un ambiente en el que las personas puedan desarrollar su intelectualidad?

¿Qué otros beneficios traería a la sociedad peruana la nueva estrategia que exigirá el abandono de los paradigmas tradicionales? Una primera respuesta, la liberación de una dependencia mental colonialista.

Un verdadero enemigo del desarrollo es la obediencia ciega a paradigmas que nos han colonizado la mente, desde la Conquista, potenciados en la República, que han impedido construir estrategias ajustadas a nuestra realidad. La estrategia propuesta supone la adopción de algunas de las siguientes actitudes:

1. No promover la minería por el simple hecho: entender que la minería per se es un objetivo falso impuesto por la metrópoli. Los minerales serán recursos para los peruanos solo si sirvieran para promover el mejoramiento de la intelectualidad de las personas, que no es posible bajo los paradigmas actuales.

2. Revisar la legislación sobre exoneraciones tributarias: las sociedades que requieran minerales deberán acostumbrarse a pagar su valor. Una sociedad pobre como la nuestra no debería seguir subvencionando con sus escasos ahorros el desarrollo de sociedades más ricas. Las exoneraciones de impuestos a la importación de maquinarias, equipos e insumos y a la reinversión de utilidades deberán ser revisadas inmediatamente. Las exoneraciones de impuestos solo sirven para incentivar flojera, irresponsabilidad y corrupción. 

3. Eliminar de la mente la cantilena “competitividad”, otra fijación cultural impuesta y muy alejada de los intereses nacionales. Competitividad es la minería por la minería misma, otra herencia de la Colonia. Se funda en la atracción de “inversiones”, otra falacia. Los fondos que requiere un proyecto minero no vienen al Perú que solo aporta trabajo repetitivo de bajo nivel. El trabajo clave es aportado en los países del Primer Mundo, allí se queda la mayoría de los fondos. Aquí solo vienen los fierros. Afirmar que la minería trae inversiones es una tomadura de pelo.

4. Considerar (eventualmente) como inversiones sujetas a exoneraciones tributarias únicamente a las que hubieran utilizado como base conocimiento nacional: para que los profesionales peruanos tuvieran, al fin, una ocupación creadora de valor que reemplace el trabajo repetitivo y embrutecedor (actual). Los desembolsos (que la costumbre denomina inversiones) aplicados a la continuación de lo mismo son simples gastos que solo generan pasivos futuros.

5. Eliminar el incremento de “volumen” como criterio de logro y cambiarlo —al inicio— por uno de “calidad”: por ejemplo, una relación entre los valores de los contenidos en el mineral que se extrae versus los ingresos por ventas (factor “f”) y, que la información resultante sea información obligatoria de los estados financieros oficiales. 

6. La empresa minera nacional deberá liberarse de la dependencia de los precios, como una prueba objetiva de cambio, de empresa minera a empresa a secas. Recordar, un principal desafío para cualquier sistema es el cambio. El cambio es lo único que permite perdurar. Las que no cambian solo vegetan. Viven artificialmente.

7. Con lo anterior se habrá hecho posible eliminar el tradicional “apellido”: la denominación empresa minera es un corsé autoimpuesto que impide el cambio. Una empresa debe ser un lugar en donde las personas no tengan límites para su imaginación: una verdadera empresa debería trascender al agotamiento del mineral y así liberarse del calificativo “depredadora”. Tal cambio sí sería un aporte de la minería al progreso nacional.

8. Eliminar la muletilla “recursos agotables”, denominación que encierra un despropósito: un recurso no puede ser agotable. Es una de las muchas falacias bajo las cuales se asienta la cultura minera tradicional. El único recurso de la sociedad son las personas. Entonces, ¿cómo usar la tenencia de minerales para empoderar a las personas?

9. Convertir una entidad sésil, la minería, en una entidad móvil. Las entidades sésiles, como las plantas, no requieren sistema nervioso para vivir y permanecer. Todo lo reciben. Las entidades móviles tienen que ganarse su sustento, sus resultados, y requieren desarrollar un sistema nervioso cuya fase final es el cerebro. Una entidad sésil no requiere cerebro. En la empresa el cerebro es la gerencia, esa es la razón por la que en la empresa minera no se estén formando gerentes. Una entidad administrada no se puede sostener sin gerentes.

10. Entender que el objetivo final deberá ser convertir los minerales (activos capitales tangibles) en activos de mayor valor (activos capitales intangibles), es decir, crear valor (conocimiento) a partir de la tenencia de minerales. Así, la tenencia de minerales será generadora de trabajo inteligente. La minería por la minería no crea valor. Eso sería lo primero a entender para empezar el cambio.   

Si la minería no revisa su estrategia —si se sigue sintiéndose triunfadora porque subieron los precios o por su “contribución” a la caja fiscal— no va a poder perdurar por más dinero que gaste en relaciones públicas, cabildeo político o propaganda. Adoptar una nueva estrategia que lleve a transformar activos agotables en permanentes, bajo el entendimiento que el único recurso de la sociedad es la gente y, a su vez, el objetivo final de la empresa, sería estar a la altura de su responsabilidad.


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