Por: Víctor Gobitz, presidente de Quilla Resources Inc*.La expresión coloquial anglosajona “doctor Copper” posibilita comunicar una idea central: la evolución del mercado de cobre permite auscultar la salud económica del mundo. Actualmente, se consume 28 millones de toneladas de cobre anualmente en el ámbito global y se estima que en una década el mundo consumirá 43 millones por año; y es el metal industrial por excelencia, por su presencia en la generación y transmisión de energía, construcción, electrodomésticos, electrónica; y por su demanda creciente para la transición energética, la construcción de centro de datos, y la industrialización acelerada de la India y el sudeste asiático.En el 2025, Perú ha producido 2.8 millones de toneladas (10% de la demanda mundial), a través de un portafolio brownfield, donde destacan Antamina, Cerro Verde, Cuajone, Quellaveco, Toquepala, Las Bambas, Antapaccay, Constancia, Toromocho, Marcobre, Marcapunta Norte, Cerro Lindo, Condestable y Cobriza. Y cuenta con un portafolio de proyectos greenfield, donde sobresalen Tía María, Zafranal, Conga, Galeno, Michiquillay, Coimolache Sulfuros, Antakori, Yanacocha Sulfuros, La Granja, Cañariaco, La Arena 2, Magistral, Quechua, Antilla, Los Chancas y Trapiche; con lo cual contamos con el potencial de duplicar el nivel de producción y alcanzar un nivel similar a la producción actual en Chile. El duplicar la producción de cobre tendría un impacto positivo significativo para todos los peruanos; los niveles de pobreza se reducirían a menos de dos dígitos, se ampliaría la integración territorial, y permitiría una mayor inversión en infraestructura pública (puertos, aeropuertos, carreteras, y redes de comunicación y energía); con lo cual la competitividad integral del país crecería.Sin embargo, el logro de este objetivo requerirá un enfoque distinto, de los principales involucrados: las empresas mineras y el Estado peruano. Las compañías deberían adoptar modelos más colaborativos, planificando componentes mineros con criterios de infraestructura compartida o clústeres, donde sea evidente que se reduciría la huella ambiental, la inversión inicial y se elevaría la rentabilidad financiera de los proyectos. El caso reciente de la integración Antapaccay (brownfield), con Quechua (greenfield) es un ejemplo de ello.Por otro lado, el Estado peruano debería asumir un rol de liderazgo, con el objetivo de que las inversiones mineras ocurran con mayor agilidad y predictibilidad; para ello las agencias de mayor intervención en el otorgamiento de licencias ambientales (Senace, ANA y Serfor) deberían realizar estudios de monitoreo previos de agua, aire y suelo; y desarrollar guías ambientales en función del entorno en donde se ubican las operaciones actuales (brownfield), que cuentan con planes de extensión de vida o expansión; o en entornos donde se ubican los proyectos futuros (greenfield). De esa manera, las licencias ambientales no serían aprobadas después de 4 o 5 años, como sucede en la actualidad. Asimismo, el Ministerio de Cultura debería anticiparse con estudios etnográficos que permitan caracterizar el potencial de desarrollo de corredores económicos, como consecuencia de la inversión minera. Eso permitiría calibrar expectativas de manera oportuna y evitar el discurso político “anti-minero”. El precio internacional del cobre solía fluctuar en torno a US$ 4 por libra. Sin embargo, hoy cotiza alrededor de US$ 6 por libra. Por ello, el tiempo de actuar de manera coordinada, pero radicalmente distinta, es ¡hoy! * Publicado en el diario El Comercio.