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ENTREVISTA A CELSO SOTOMARINO: “ÉL ERA COMO MI HERMANO”

Por Mario Sifuentes B., gerente general y fundador de Ludens Comunicaciones.


A propósito de un próximo libro del IIMP, a mediados de julio último el ingeniero Celso Sotomarino nos brindó una entrevista para reconstruir la historia de la mina San Vicente –de la que fue gerente general– y su relación con don Jesús Arias. El que sigue es un extracto de la misma. 

¿Cuál es el primer recuerdo que se le viene a la mente de don Jesús Arias?

Yo era muy activo en política y a fines de los sesenta me quedé sin trabajo. Un día me encontré con Jesús en el Centro de Lima, me preguntó cómo estaba y yo le conté que en la mera calle. De inmediato me pidió que me presentara a trabajar en San Vicente. En ese tiempo, Alfonso Barrón era gerente general y estaba de viaje en Estados Unidos. Me fui a trabajar a San Vicente y cuando regresó me preguntó “¿qué estas haciendo tú aquí?”. Yo le dije que se fuera a pelear con Jesús porque él era quien me había invitado. 

¿Recuerda alguna tarea en especial?

Había una carretera que conectaba la planta concentradora con la mina y en un recodo pasabas por debajo de una catarata. Cuando cargaba se hacía todo muy resbaloso. Yo pensaba que debíamos darle una solución y convencí a Jesús de que se fuera de vacaciones con su familia. 

¿Por qué de vacaciones?

Cuando regresó lo llevé por ese camino y me dijo: “¡Para, para!”. A la altura de la catarata habíamos construido una vía nueva. “¿Qué es esto?”. Este puente nos va a permitir trabajar en mejores condiciones. “¿Tú estás loco? ¿Qué has hecho?”. Hazme un favor -le dije-, no llores y vamos a ver todo juntos. Jesús se quedó conmigo todo el día. 

¿Qué permitía esa nueva vía?

Donde estaba la catarata habíamos hecho un puente para que el agua pasara por debajo. Jesús se quedó asombrado de que hubiéramos hecho eso en menos de treinta días. Ahora ya podían pasar camiones más grandes y pudimos continuar mecanizando toda la mina y analizar otras posibles ampliaciones. 

¿Cómo reaccionó don Jesús?

Nos quedamos hasta la noche mirando hacia abajo desde el puente. A un lado del río quedaba el campamento y al otro la mina, la planta. Nos caía una lluvia fortísima y estábamos allí abrazados, con el agua chorreando por nuestras caras. Estábamos felices, no nos íbamos a dormir. Esa noche quién se iba a perder de trabajar. Al día siguiente recorrimos todo de nuevo con sus hijas Eva e Isabel y seguimos imaginando cómo continuar. 

¿Qué significó para usted esa experiencia en SIMSA?

Todo el amor del mundo. Esa gente fue mi famiia. Ellos han sido mi propia familia.

¿Cómo empezó en minería?

Mi papá se había ido a Loreto peleado con su familia. Allá, mi madre era directora del colegio donde yo estudié la primaria. Regresé de Loreto a los once años, a la égide de los Castagnola, con mis tíos Tito, Dante y Manuel, que me matricularon en el colegio Antonio Raimondi. Mi tío Dante era dueño de la mina Lira en Huancavelica y ya grande me fui con él. 

¿Cómo era don Jesús?

Era una persona increíble. Era como mi hermano. Confiaba plenamente en mí. Yo lo quiero mucho, así esté muerto o vivo me da lo mismo, lo quiero igual. No había duda de que era un líder. Toda su vida no hizo otra cosa que impresionarme ese cojudo. A veces, de noche, nos quedábamos chupando en el puente pensando qué más podíamos hacer. Fue una de las personas más queridas de mi vida.  

¿Alguna memoria de sus compañeros en San Vicente?

Me acuerdo de Román Tejada. Mi querido Román. Con él inventamos una manera de poner los planos sobre una mesa de luz y así podíamos discutir las cosas y descubrir el mineral más fácilmente. Con él nos quedábamos trabajando hasta la madrugada para que al día siguiente se hicieran las cosas bien.

¿Qué otras cosas valora de su tiempo en SIMSA?

Allí pasé algunos años. Yo soy loretano y estábamos en ceja de selva. Imagínate, me sentía muy cómodo. Hasta llegué a jugar fútbol por el departamento de Pasco. Me acuerdo que, recién llegado, Jesús me invitó a jugar en el pueblo. Era de noche. Llegamos juntos a una pelota y le hice un foul bien feo. Yo grité ‘¡Foul de Jesús!’ y rapidito puse la pelota para sacar. Me miró riendo y me dijo ‘Conchudo eres, ¿no?’, y siguió jugando. Teníamos una amistad… uno de mis amigos más queridos.

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