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MINERÍA: HACIA DÓNDE VAMOS

Por: Guillermo Vidalón del Pino, comunicador social.


La minería se desarrolla principalmente en zonas altoandinas de difícil acceso a servicios públicos como agua, saneamiento, energía, conectividad y viabilidad, lo que dificulta que un profesor cumpla con su compromiso de enseñar o que un médico resida permanentemente para atender a dichos pobladores.  

Ante esta realidad, cabe preguntarse cuál es la razón para que un conjunto de personas siga residiendo en esos lugares donde las condiciones climatológicas son adversas, tanto para quienes las habitan como para el éxito de sus actividades productivas, principalmente agropecuarias. 

Sucede que, quienes viven en dichas áreas suelen ser los denominados pobres extremos, que según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) representan el 5.1 por ciento de la población al 2019; es decir, aproximadamente 1.5 millones de peruanos y el 68 por ciento de ellos se ubica en los Andes, lo que significa más de un millón de personas. 

Las razones de su baja productividad responden a su poca vinculación con los mercados de consumo, a la calidad de la educación formal que recibieron y, también, a sus conocimientos técnicos que pudiendo ser ancestrales, en la realidad constituyen prácticas similares a las que se ejecutaron hace más de una centuria, lo que no les permite disponer de excedentes suficientes para lograr mayores ingresos monetarios y sentirse integrados a la dinámica de la mayor parte de ciudadanos del país. 

Las condiciones de distanciamiento físico por ausencia de caminos y carreteras eficientes, también impacta negativamente en el proceso de interrelación social, ante el desconocimiento o poco conocimiento de las dinámicas sociales de un grupo distinto, la reacción natural de las personas es estar alerta, por lo tanto, expresan desconfianza frente al “agente externo” que llega al área donde los habitantes previos desarrollan sus actividades habituales.  Mayor aún si el externo les presenta una modalidad de trabajo que desconocen en su dimensión y trascendencia y que se presenta con visión de largo plazo. 

En consecuencia, resultará adecuado profundizar todavía más en las condiciones de arraigo en lugares donde por sí mismos no han podido superar la pobreza y pobreza extrema. Donde la sostenibilidad de condiciones de vida con calidad y proyección está más asociada principalmente a actividades económicas como la minería y generación de energía. Ciertamente pueden realizarse otras, pero estas tienen que desarrollarse con una visión moderna de organización del trabajo para generar riqueza y no como lo es en la actualidad, escenarios donde los hijos de los pobladores altoandinos no acuden a una escuela que cuente con profesores debidamente capacitados y competitivos o donde no hay centros de salud, en los cuales médicos especialistas desean radicar. 

Dado que la población que reside en estas áreas ve para sí misma un futuro sombrío de reproducción de la pobreza intergeneracional, es que optan por el rentismo –el cual es incentivado por agentes externos o algunos dirigentes que terminan llevándose la mayor porción de la torta, entregando cifras marginales a quienes movilizan con fines políticos personales– frente a cualquier operación económica que genere riqueza, lo cual es contraproducente.  

Por lo mencionado, los Andes deben ser vistos como zonas de trabajo y no de residencia permanente. Algunos indicarán que existen consideraciones antropológicas vinculadas al área que ocupan, lo cual es cierto, como también lo es que el hecho que alguien cambie de residencia no representa necesariamente la pérdida de su identidad ni de su cultura.  De lo contrario, cómo se explicaría que los judíos, quienes se mantuvieron errantes durante más de 5 mil años, mantengan su identidad cultural más allá del fenómeno de la interculturalidad.

La clase política, los dirigentes de todos los niveles de gobierno y de los diferentes grupos sociales deben incorporar a su bagaje de conocimientos conceptos como la geopolítica para el diseño de la ocupación espacial del territorio nacional, generando escenarios donde se establezca un conjunto poblacional significativo mediante la promoción de ciudades de 3 o 4 millones de habitantes con todos sus servicios, con la finalidad de que surjan mercados de consumo y servicios adecuados donde la pobreza y la pobreza extrema tiendan a su rápida reducción y, por qué no, la eliminación de las condiciones que las propiciaron.

Tengamos presente que, el fenómeno de la migración ha dado la respuesta, millones de personas se han trasladado a lo largo de los años hacia las zonas urbanas para satisfacer sus expectativas de calidad de vida. En ese sentido, el país debe fortalecer su integración social e impulsar un proceso de interculturalidad sin prejuicio alguno.

Asimismo, debemos reflexionar acerca de la ocupación del territorio nacional como un espacio de todos los ciudadanos y no como parecería que algunos proponen, una segmentación para generar autonomías donde el conflicto que promueve la exclusión termine por explotar el concepto de república unitaria que siempre se ha perseguido en la historia del Perú desde su fundación.

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